domingo, 6 de mayo de 2012

Chim-pun.


Baloncesto

Azofra (Na!-Cho!-Cho!), Gonzalo y Pablo, Vecina, Orenga, Herreros (por el que yo jugaba con el 11), Reyes, Chandler, Loncar, Aísa, Germán, Iturbe, Vidaurreta, el Chacho, De Miguel, Bárcenas, Braña, Pepu, Vandiver, Carlos-Jiménez-menudos-huevos-tienes, Robles, Miso, Patterson, Garnett, Montes, Jennings, Brewer, Pancho...


Decenas de nombres, de tardes viendo baloncesto, charlando, fallando entradas por la izquierda intentando imitarlos, se me han pasado por la cabeza cuando, hace un rato, de vuelta a casa, pasando por delante del Palacio me he cruzado con una marea dispersa y cabizbaja de ojos llorosos y bufandas azules. Entre familias, dementes cocidos y caras que me sonaban de los años del Ramiro que me convirtieron en una cosa rarísima (no se puede ser futbolero, madridista y del Estu, aunque lo seamos tant@s...), he preguntado lo que no hacía falta:

- Oye, perdona, ¿qué ha hecho el Estu?
- Palmar, tío...
- Mierda.
- Sí, mierda. Nos hemos llegado a poner 11 arriba, pero ya sabes...
- Nervios, ¿no?
- Yo qué sé...
- Joder. Pues nada, gracias.

El Estu es una cosa rara. Porque te tiene que gustar el basket para ser del Estu y, honestamente, cuando éramos pequeños y lo más que se ganaba era una plata europea con un equipo de retales y las Euroligas de Obradovic, el basket no le gustaba a la mayoría. Eso sí, te daba un toque de distinción ir a baloncesto de extraescolares y ser del Estu.

Es difícil conocer el Ramiro, haber jugado con las manos congeladas alguna vez en la Nevera o haber tirado libres en el Magata y no ser del Estudiantes, no sentirte parte del "equipo de patio de colegio", de la Demencia: una afición descolgándose por un pabellón con arneses para denunciar la chapuza de la olimpiada en una ciudad que no cuida el deporte de base ni a sus equipos pero le regala cuatro torres a la mafia inmobiliaria del Madrid.

Sería de locos no ser demente cuando has ido, un día al año y en perfecta desbandada gamberra disfrazado con las peores pintas posibles, a tirarle huevos al Maravillas (el colegio pijo del barrio) y a la estatua de Franco desde el insituto, público y orgulloso de serlo y de tener el Estu, con los maderos detrás. De hacer gimnasia la hora antes del entrenamiento y que algún jugador te tire algún vacile. De ver llegar a Carlos todos los días con el ABC debajo del brazo y darte cuenta que Azofra, ese base bajito que se parece a Manu Chao de lejos, está cuadrado y te saca tres cabezas.

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El Estu es una cosa pequeña, bonita y orgullosa en una ciudad muy grande que, durante los años en que jugábamos al basket e íbamos al Palacio (o a Vistalegre), se reinventaba para aparentar que aquí todos éramos pijos de siempre, que atábamos los perros con longaniza y para votar a la Aguirre.

Que el Estu baje de categoría porque, por una vez en su historia, no ha habido suerte y el éxodo de una generación de canteranos hacia equipos con más pasta no ha podido sustituirse con otra más talentosa todavía, es una putada muy gorda.

El Estu es una de las cosas más bonitas del deporte en esta ciudad, la justicia poética, el orgullo de la chavalada humide del tuto que, en la cancha y en la grada, se crece contra quien sea. Hoy nos la hemos pegado, pero solo nos vamos un rato. Volvemos pronto a pasearnos por la ACB con la cabeza tan alta como siempre y un equipo de patio de colegio.

Estudiantes campeón chim-pun (y una mierda pa´l Madrid).



Dedicado a los Ardila, que me llevaron la primera vez a ver al Estudiantes.


Ramón Espinar Merino @RamonEspinar  

Investigador de la Universidad Autónoma de Madrid, activista social y aficionado (deprimido) del Estudiantes.

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