viernes, 16 de noviembre de 2012

José Saramago, el hombre hecho palabra



José Saramago nació hace 90 años, y hace dos nos dejó huérfanos.
Hoy vuelve, desde sus textos y discursos[i], para hablar con PopPol.

 
Los optimistas sin conciencia y los simplistas de la alegría reivindican cada día como especial, único, conmemorativo de la vida al fin y al cabo. Nunca he estado muy de acuerdo con eso, ni con esta manía tan del siglo XXI de que cada día se celebren catorce o quince aciertos o desaciertos de la humanidad.
 
Sin embargo, hoy día 16 de noviembre, debería ser uno de esos que pasen a la historia y se incorporen al imaginario colectivo. Hace exactamente 90 años nacía, en la pequeña aldea portuguesa de Azinhaga, un hombre sencillo que supo escuchar muchas cosas, pensar muchas otras, y escribir las mejores. Hace 90 años llegó al mundo José Saramago para llenarlo de un poco más de razón y humanidad.


Imagen obtenida de La Miscelánea.


 




Voy a ser sincero, cuando me encargaron este artículo me sentí feliz al volver sobre los pasos de Saramago, como cuando uno se reencuentra con un amigo que se ha ido al extranjero y lo ve tan joven o más que antes, más sano y lúcido que nunca. José cruzó la última frontera, esa aduana que no deja volver hacia atrás, pero eso no impide que no se pueda hablar con él. Yo no sabía cómo escribir algo sobre este Premio Nobel sin repetir los elogios que ya tanta gente le ha dedicado, y me parecería una falta de respeto intentar llegar al nivel escrito con el que este hombre se fue de viaje a la nada.

Por eso, después de tirarme mucho de los pelos, he decidido que no voy a hablar más yo, que mejor os lo cuenta él. Me decidí a hacer algo que me hubiese encantado hacer si Saramago siguiese en este mundo, con sus valles y sus lágrimas, que no es otra cosa que entrevistarle. ¿O acaso creéis que la muerte calla a todo hombre? Es el humano milagro de lo escrito, que la voz del autor nos sigue diciendo cosas sin su cuerpo, que podemos volver una y otra vez a abrir un libro como si le estrechásemos la mano. 

Así llego a su casa, porque aunque los ladrillos se moviesen de Portugal a Lanzarote su auténtica vivienda fueron siempre sus libros y su palabra. Ahí es donde sigue vivo, y ahí es donde voy a encontrarme con él.



Buenos días José. Un placer conocerle. Cumpliría usted 90 años hoy, aunque se fue hace dos para hacernos la puñeta. ¿Qué tal la muerte? Usted siempre fue muy crítico con la idea religiosa de un más allá. ¿Qué nos comenta ahora con la experiencia?

Siempre se muere demasiado pronto. Lo que extingue la vida y sus señales no es la muerte, sino el olvido. La diferencia entre muerte y vida es ésa. Lo que cuenta para nosotros en este caso es otra diferencia mucho más humana: la diferencia entre estar y no estar.

Usted ha conseguido entonces, al modo de los clásicos, ganarse ese ‘estar’ posterior que denominaban la Fortuna. Su relación con dios ha sido también una polémica que le ha acompañado durante toda su carrera. ¿Algo que decir?

Dios es el silencio del universo, y el ser humano el grito que da sentido a ese silencio. Sinceramente, creo que la muerte es la inventora de Dios. Si fuéramos inmortales no tendríamos ningún motivo para inventar un dios. Para qué. Nunca lo conoceríamos.

Recuerdo la presentación en España en el año 2010 de la película documental llamada José y Pilar, que recorría su vida con su mujer durante los cuatro años de escritura de “El viaje del elefante”. Fue en la Universidad Carlos III (de cuya residencia es Becario de Honor), y acudió Pilar del Río, que durante sus últimos años fue su esposa. El público se dividió en opiniones sobre usted, y una señora, con cierto tono de indignación, dijo no comprender por qué alguien que se declara ateo no para de hablar de Dios.

Ateo es sólo una palabra. En el fondo, estoy empapado de valores cristianos, y es verdad que algunos de estos valores coinciden con valores de humanismo. Los acepto. Ahora bien, todo lo que tiene que ver con la creencia en un dios superior y eterno, que un día me condenará, me parece una chorrada. Hay quien me niega el derecho de hablar de Dios, porque no creo. Y yo digo que tengo todo el derecho del mundo. Quiero hablar de dios porque es un problema que afecta a toda la humanidad.

¿Qué critica de las religiones?

Siempre tendremos que morir de algo, pero ya se ha perdido la cuenta de los seres humanos muertos de las peores maneras que los humanos han sido capaces de inventar. Una de ellas, la más criminal, la más absurda, la que más ofende a la simple razón, es aquella que, desde el principio de los tiempos y de las civilizaciones, manda matar en nombre de Dios. 

Las religiones, todas ellas, sin excepción, nunca han servido para aproximar y congraciar a los hombres. Por el contrario, han sido y siguen siendo causa de sufrimientos inenarrables, de matanzas, de monstruosas violencias físicas y espirituales que constituyen uno de los más tenebrosos capítulos de la miserable historia humana. Al menos en señal de respeto por la vida, deberíamos tener el valor de proclamar en todas las circunstancias esta verdad evidente y demostrable, pero la mayoría de los creyentes de cualquier religión no sólo fingen ignorarlo, sino que se yerguen iracundos e intolerantes contra aquellos para quienes Dios no es más que un nombre, nada más que un nombre, el nombre que, por miedo a morir, le pusimos un día y que vendría a dificultar nuestro paso a una humanización real. 

Dice Nietzsche que todo estaría permitido si dios no existiese, y yo respondo que precisamente por causa y en nombre de dios es por lo que se ha permitido y justificado todo, principalmente lo peor, principalmente lo más horrendo y cruel. Durante siglos, la Inquisición fue, también, como hoy los talibán, una organización terrorista dedicada a interpretar perversamente textos sagrados que deberían merecer el respeto de quien en ellos decía creer, un monstruoso connubio pactado entre la Religión y el Estado contra la libertad de conciencia y contra el más humano de los derechos: el derecho a decir no, el derecho a la herejía, el derecho a escoger otra cosa, que sólo eso es lo que la palabra herejía significa.

Y, con todo, Dios es inocente. Inocente como algo que no existe, que no ha existido ni existirá nunca.

Ya trató usted ampliamente la religión católica y sus bases en el que fue su libro más polémico, El Evangelio según Jesucristo. En ese texto humanizó la figura de Jesús y de José, puso faltas a María y virtudes a Magdalena, equilibró la balanza de Dios y el Diablo. Ese fue el libro de la censura en Portugal, y el que le empujó al autoexilio para marcharse a Lanzarote en 1991. ¿Una conclusión sobre el significado de esa obra?

Comprendió Jesús que vino traído al engaño como se lleva al cordero al sacrificio, que su vida fue trazada desde el principio de los principios para morir así, y, trayéndole la memoria el río de sangre y de sufrimiento que de su lado nacerá e inundará toda la tierra, clamó al cielo abierto donde Dios sonreía, Hombres, perdonadle, porque él no sabe lo que hizo.

Usted consiguió convertirse en un autor más universal que nunca gracias a ese libro, pero su bibliografía es extensa. Comenzó con Tierra de Pecado en 1947, y luego no publica nada hasta pasados 20 años, hasta que en 1966 sacó Poemas Posibles, por el que recibió sus primeros pagos en derechos de autor. ¿Cómo está un escritor tantos años sin decir nada?

Sencillamente no tenía algo que decir y cuando no se tiene algo que decir lo mejor es callar.

Perdóneme la expresión, pero hacen falta muchos huevos para hacer algo así, para dedicarse a escuchar durante 20 años. Plasmando esas dos décadas de escucha en sus libros posteriores entiendo por qué le dieron el Nobel en 1998. Por cierto, su discurso de aceptación fue algo alabado y reproducido sin cesar. Sé que lo mejor es leerlo completo pero, ¿me resaltaría algunos fragmentos de lo que allí dijo?

El hombre más sabio que he conocido en toda mi vida no sabía leer ni escribir. 

Se refiere a su abuelo.

Sí. A las cuatro de la madrugada, cuando la promesa de un nuevo día aún venía por tierras de Francia, se levantaba del catre y salía al campo.

Se llamaban Jerónimo Melrinho y Josefa Caixinha mis abuelos, y eran analfabetos uno y otro. En el invierno, cuando el frío de la noche apretaba hasta el punto de que el agua de los cántaros se helaba dentro de la casa, recogían de las pocilgas a los lechones más débiles y se los llevaban a su cama. Aunque fuera gente de buen carácter, no era por primores de alma compasiva por lo que los dos viejos procedían así: lo que les preocupaba, sin sentimentalismos ni retóricas, era proteger su pan de cada día, con la naturalidad de quien, para mantener la vida, no aprendió a pensar mucho más de lo que es indispensable.

Algunas veces, en noches calientes de verano, después de la cena, mi abuelo me decía: "José, hoy vamos a dormir los dos debajo de la higuera". Mientras el sueño llegaba, la noche se poblaba con las historias y los sucesos que mi abuelo iba contando. Nunca supe si él se callaba cuando descubría que me había dormido, o si seguía hablando para no dejar a medias la respuesta a la pregunta que invariablemente le hacía en las pausas más demoradas que él, calculadamente, le introducía en el relato: "¿Y después?".

¿Y su abuela?

Cuando mi abuelo ya se había ido de este mundo y yo era un hombre hecho, llegué a comprender que la abuela, también ella, creía en los sueños.

Otra cosa no podría significar que, estando sentada una noche, ante la puerta de su pobre casa, donde entonces vivía sola, mirando las estrellas mayores y menores de encima de su cabeza, hubiese dicho estas palabras: "El mundo es tan bonito y yo tengo tanta pena de morir". No dijo miedo de morir, dijo pena de morir, como si la vida de pesadilla y continuo trabajo que había sido la suya, en aquel momento casi final, estuviese recibiendo la gracia de una suprema y última despedida, el consuelo de la belleza revelada.






Imagen obtenida de CentroTampa



Ya que hemos hablado de la muerte al principio de esta entrevista, y la pena que le daba a su abuela morir, ¿cómo lidió su abuelo con la idea de irse y no volver?

Mi abuelo Jerónimo, pastor y contador de historias, al presentir que la muerte venía a buscarlo, se despidió de los árboles de su huerto uno por uno, abrazándolos y llorando porque sabía que no los volvería a ver.

Muchos años después, escribiendo por primera vez sobre éste mi abuelo Jerónimo y ésta mi abuela, tuve conciencia de que estaba transformando las personas comunes que habían sido en personajes literarios y que ésa era, probablemente, la manera de no olvidarlos, dibujando y volviendo a dibujar sus rostros con el lápiz siempre cambiante del recuerdo, coloreando e iluminando la monotonía de un cotidiano opaco y sin horizontes, como quien va recreando sobre el inestable mapa de la memoria, la irrealidad sobrenatural del país en que decidió pasar a vivir.

Podemos ver que sus abuelos fueron personas muy importantes en su vida. ¿Qué nos dice de los personajes de sus obras?

En cierto sentido se podría decir que, letra a letra, palabra a palabra, página a página, libro a libro, he venido, sucesivamente, implantando en el hombre que fui los personajes que creé. 

Considero que sin ellos no sería la persona que hoy soy, sin ellos tal vez mi vida no hubiese logrado ser más que un esbozo impreciso, una promesa como tantas otras que de promesa no consiguieron pasar, la existencia de alguien que tal vez pudiese haber sido y no llegó a ser.

Ahora soy capaz de ver con claridad quiénes fueron mis maestros de vida, los que más intensamente me enseñaron el duro oficio de vivir, esas decenas de personajes de novela y de teatro que en este momento veo desfilar ante mis ojos, esos hombres y esas mujeres, hechos de papel y de tinta, esa gente que yo creía que iba guiando de acuerdo con mis conveniencias de narrador y obedeciendo a mi voluntad de autor, como títeres articulados cuyas acciones no pudiesen tener más efecto en mí que el peso soportado y la tensión de los hilos con que los movía.

Hablemos un poco de política (lo siento, es imprescindible). Usted fue un militante comunista desde el año 1969, y ha defendido con férreas palabras un mundo de valores más humanos basados en una ideología de izquierda. Y sin embargo, también ha sido muy crítico con sus compañeros ideológicos.

Antes nos gustaba decir que la derecha era estúpida, pero hoy día no conozco nada más estúpido que la izquierda. 

La Declaración Universal de los Derechos Humanos, tal y como está redactada, y sin necesidad de alterar siquiera una coma, podría sustituir con creces, en lo que respecta a la rectitud de principios y a la claridad de objetivos, a los programas de todos los partidos políticos del mundo, expresamente a los de la denominada izquierda, anquilosados en fórmulas caducas, ajenos o impotentes para plantar cara a la brutal realidad del mundo actual, que cierran los ojos a las ya evidentes y temibles amenazas que el futuro prepara contra aquella dignidad racional y sensible que imaginábamos que era la aspiración suprema de los seres humanos.

En España tuvimos el día 14 una huelga general, que no tuvo demasiado éxito (aunque sí las manifestaciones). A los sindicatos les han llovido críticas desde todos los frentes, la opinión pública parece no estar mucho de su parte ¿Su opinión?

Las mismas razones que me llevan a referirme en estos términos a los partidos políticos en general, las aplico igualmente a los sindicatos locales y, en consecuencia, al movimiento sindical internacional en su conjunto. 

De un modo consciente o inconsciente, el dócil y burocratizado sindicalismo que hoy nos queda es, en gran parte, responsable del adormecimiento social resultante del proceso de globalización económica en marcha. No me alegra decirlo, mas no podría callarlo. Y, también, si me autorizan a añadir algo de mi cosecha particular a las fábulas de La Fontaine, diré entonces que, si no intervenimos a tiempo -es decir, ya- el ratón de los derechos humanos acabará por ser devorado implacablemente por el gato de la globalización económica.

En este país desde hace algo más de un año hay una fuerte corriente crítica con nuestro sistema democrático actual. ¿Es la democracia, tal y como se aplica hoy día, el sistema que nos permite vivir de la mejor manera?

¿La democracia, ese milenario invento de unos atenienses ingenuos para quienes significaba, en las circunstancias sociales y políticas concretas del momento, y según la expresión consagrada, un Gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo? 

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El sistema de gobierno y de gestión de la sociedad al que actualmente llamamos democracia  no lo es. Es verdad que podemos votar, es verdad que podemos, por delegación de la partícula de soberanía que se nos reconoce como ciudadanos con voto y normalmente a través de un partido, escoger nuestros representantes en el Parlamento; es cierto, en fin, que de la relevancia numérica de tales representaciones y de las combinaciones políticas que la necesidad de una mayoría impone, siempre resultará un Gobierno. 

Todo esto es cierto, pero es igualmente cierto que la posibilidad de acción democrática comienza y acaba ahí. La única fuerza real que gobierna el mundo, y por lo tanto su país y su persona, es el poder económico, en particular la parte del mismo, siempre en aumento, regida por las empresas multinacionales de acuerdo con estrategias de dominio que nada tienen que ver con aquel bien común al que, por definición, aspira la democracia.
Todos sabemos que así y todo, por una especie de automatismo verbal y mental que no nos deja ver la cruda desnudez de los hechos, seguimos hablando de la democracia como si se tratase de algo vivo y actuante, cuando de ella nos queda poco más que un conjunto de formas ritualizadas, los inocuos pasos y los gestos de una especie de misa laica. 

Usted fue nombrado Hijo Predilecto de Andalucía en 2007, y soñó más de una vez con una unión Portugal-España en lo que denominó Iberia (y dejó patente sus pensamientos sobre lo que ello supondría en su libro La Balsa de Piedra). ¿Qué nos dice del sur de España, y de esa idea de unión peninsular?

En Andalucía me siento en casa, no es mi tierra, pero es tierra mía, porque aquí me acogieron, me hicieron fácil la integración. Los andaluces tenéis una reputación que no va mucho con el trabajo, parece que habéis venido al mundo para bailar, cantar, tomar unas tapas… y parece que no trabajáis, y no es así ¡Lo que pasa es que no dormís!

Me siento, en primer lugar, portugués, en segundo lugar, ibérico y europeo, si encuentro motivo para serlo. Tenemos que llevar a Europa hacia el Sur, aunque ya es África la que está subiendo al Norte.

Bueno José, por mí podría quedarme hablando con usted hasta que el sol se pusiese, y nos fuésemos a tumbarnos bajo esa higuera de su abuelo, para que siguiese contándonos historias de infancia, reflexiones y andanzas. Pero está usted muy ocupado, tiene mucho que discutir con Dios y el Diablo (si es que no son lo mismo), o simplemente querrá descansar en la nada. Se lo merece después de tantos años y tantas palabras. 

Si afirma que se creó a sí mismo a través de sus personajes, en ese caso no se preocupe, seguiremos leyéndole, seguiremos, por tanto, reviviéndolo. 

Así a lo mejor, cuando nos llegue a nosotros también el momento de irnos, no nos dé miedo, y vayamos con una vista que traspase realidades, con los ojos de Blimunda en su Memorial del Convento. Unos ojos que no sean ciegos como en Ensayo sobre la ceguera. Unos ojos que, gracias a José Saramago, no tengan miedo de mirar la vida y la muerte.
Muchas gracias por haber existido y permanecer en sus libros.

Álvaro Pelegrín @PelegrinM





[i] Todas las palabras, textos y discursos aquí reproducidos pertenecen a entrevistas anteriores realizadas a Saramago, o bien se encuentran en alguna de sus publicaciones. Los derechos de autor pertenecen a las editoriales o publicaciones originales.
Esta entrevista ficticia pretende ser un homenaje sin lucro alguno, simplemente un recordatorio de uno de los más grandes escritores de toda la Historia. No encontré mejor manera de honrar a este hombre que haciendo vivir de nuevo sus palabras.

A continuación se detallan los enlaces de todos y cada uno de los textos de los cuales se han obtenido fragmentos o información biográfica.
·         Fundación José Saramago: http://www.josesaramago.org/
·         Especial José Saramago de El País http://www.elpais.com/especial/jose-saramago/


2 comentarios:

  1. Gracias por esta entrevista. Resulta reconfortante escuchar sus comentarios postmortem.

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  2. "escribir es escuchar el ruido del mundo" y eso es lo que hizo Saramago durante los 20 años que comentas en tu entrevista.

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